Las aves que habitan la estepa aragonesa, a pesar de su reducido número en relación a otros ecosistemas, presentan unas características y comportamiento muy interesante, así como algunas de las mejores poblaciones de toda su área de distribución. Esta llega en unos casos hasta zonas semiáridas del Norte de África, mientras que otras son más propias de las estepas centroeuropeas, hoy casi desaparecidas. Todas ellas poseen un plumaje bastante críptico, de modo que pueden pasar casi desapercibidas mientras deambulan o permanecen agazapadas entre la vegetación o en sus nidos terrestres.
En primavera, época de celo para muchas aves, las de mayor porte como avutardas y sisones realizan el cortejo en el suelo, pavoneándose o dando llamativos saltos los machos ante las hembras. Por su parte, las pequeñas calandrias, cogujadas y terreras (de la familia de las alaudidas), suplen la ausencia de arbolado emitiendo en vuelo sus bellos cantos de reclamo. Las gangas ibéricas y ortegas poseen un plumaje especial en el pecho que les permite transportar agua desde charcas hasta sus lejanos nidos, para darles de beber a sus polluelos. La alondra Ricotí, más conocida en Aragón como “Rocín” se comporta más bien como un pequeño correcaminos que sólo es detectada cuando emite su inconfundible canto en los páramos y zonas esteparias mejor conservadas. El Alcaraván, cuyo agudo sonido nos acompañará durante las noches estivales, es un ave de la familia de los limícolos que sin embargo es frecuente en las llanuras cerealistas, así como los diurnos aguiluchos cenizo y pálido, que nidifican en medio de los sembrados. También son frecuentes, aunque en menor número, la chova piquirroja, la collalba rubia, el mochuelo, y los cernícalos vulgar y primilla sobre todo en zonas pedregosas, cantiles y viejas construcciones.
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martes, 28 de octubre de 2008
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